Primero lo deseó.
Luego dijo, “tengo derecho”.
Luego repitió, “tengo derecho”.
Luego miró a su alrededor, donde todo indicaba que sería imposible, y gritó, “¡TENGO DERECHO!”.
Después sucedieron, progresivamente, una serie de sincronicidades, y tras el proceso se detuvo a observar su vida, y comprobó su nueva realidad.
Si, por supuesto, lo había logrado.
Tenía derecho.
Graciela Bárbulo
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