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martes, 21 de octubre de 2014

Lo llamó amor / He called it love

Hubo un tiempo en el que Todo Era, y de ese todo surgió algo que dijo: “yo”. 
Entonces comprendí que no era parte del todo, puesto que había algo que era otra cosa, y, para salvarme, dije “yo”.

Todo siguió con “yo” y “yo”, hasta que un día “yo” dijo: “aquí”.
Entonces sentí la distancia, y la ausencia de Todo en “yo” y, para salvarme, dije “aquí”. 

Así, seguíamos “yo” y “yo”, “aquí” y “aquí”. 

Pero llegó un momento en el que “yo-aquí”, quiso volver al Todo, en el que no había “yo” ni “aquí”, y no encontró el modo de deshacer el entuerto. 

Entonces, se le ocurrió decir al otro “yo”: “tú-allí”. Y surgió el impulso de ir hacia “tú-allí” para recuperar el Todo. 

De esta forma, creadas la identidad, el espacio y el tiempo, cada “yo” busca el momento, dentro del infinito, de atravesar la distancia imaginaria que le separa de sí mismo. 

Y a la búsqueda ilusoria del encuentro consigo mismo a través del otro, dentro del espacio inexistente que los separa, a través del tiempo ilusorio, lo llamó amor. 

Mientras tanto, el Amor palpita infinitamente en el Todo, como si Nada.




There was a time in which All Was, and from this all came something that said: "I".
Then I realized that I wasn't part of All, since there was something that was something else, and, to save me, I said "I".
All followed up with "I" and "I", until one day "I" said: 'here'.
Then I felt the distance, and the absence of All in "I" and, to save me, I said "here".
Thus, continued "I" and "I", "here" and "here".
But came a moment in which "I-here", wanted to return to the All, in which there was no 'I' or 'here', and didn’t found the way to undo the mess.
Then, it occurred to him say to the other "I": "you-there". And arose the impulse to go  to "you-there" to retrieve the All.
In this way, created the identity, space and time, each 'I' looks for the moment, within the infinite, cross the imaginary distance that separates him from himself.
And the illusory search for the meeting with himself through the other, within the non-existent space that separates them, through the illusory time, called it love.
Meanwhile, love beats infinitely in the All, as if Nothing.


Graciela Bárbulo

       

martes, 29 de octubre de 2013

LA ROSA DEL DESIERTO

 
 
Era pequeña. Claro, que en el desierto todo es pequeño, sólo el desierto es grande. Pero era, además, pequeña porque no era lo suficientemente grande para que alguna persona se hubiera fijado en ella con la intención de llevársela consigo.

Había vivido siempre en comuna. Los humanos se habían llevado a todas sus hermanas y, cada vez que había visto a cada una de ellas elevarse en las manos de alguna persona, sufría profundamente la pérdida de lo que eso suponía.

—¡Somos de la misma arena! — gritaba entonces, pero parecía que no oían su voz. Los humanos ni siquiera se volvían.

Había quedado rodeada de miles, cientos, millones, billones…, bueno, casi infinitos granos de arena. Ellos, cuando la veían triste, solían decirle:

—Pero si nos tienes a nosotros…

—No es lo mismo —contestaba la rosa del desierto.

—¿Por qué dices eso? Tú sabes que estás hecha de lo que somos nosotros.

—Eso sí. Pero no es lo mismo.

—Pues no lo entendemos —decían siempre al final de la conversación los granos de arena.

Y la rosa del desierto quedaba triste, repitiéndose para sus adentros, con absoluta convicción, “no es lo mismo, no es lo mismo”, mientras intentaba averiguar por qué. Y, aunque no lo lograba, de una cosa estaba segura: no era lo mismo.

—¿Por qué no os agrupáis unos cuantos de vosotros? — dijo un día la rosa del desierto a unos cuantos granos de arena.

—¿Para qué? —preguntaron ellos.

—A lo mejor así ya no me siento tan sola.

Y los granos de arena, viéndola tan triste, se pusieron manos a la obra. Se abrazaron algunos entre sí con fuerza, se subieron otros encima, y no pararon hasta formar una pequeña masa compacta de arena.

—No es lo mismo… —dijo la rosa.

Ninguno de los granos de arena dijo nada. Lo cierto es que no podían hablar por el esfuerzo tan grande que les suponía intentar mantenerse unidos.

De repente, uno de ellos, haciendo un esfuerzo extraordinario, y con la voz entrecortada por la tensión, logró pronunciar:

—¿Por qué no es lo mismo?

—¡Por esto! —entonces, la rosa del desierto sopló levemente el grumo de arena, y los granos se separaron de nuevo.

—¡Jo! Es que tú nos lo pones difícil.

—¡No os lo pongo difícil! Yo sólo os demuestro que lo que digo es cierto.

—Oíd —dijo un grano de arena—, yo también creo que no es lo mismo.

—¿Síííí? —preguntó, sorprendido, otro grano de arena.

—¡Sí!

—Yo también lo creo —añadió otro.

—¿Y por qué no es lo mismo? —dijo un tercero, que había estado callado hasta entonces.

Todos quedaron en silencio, intentando descubrir el porqué de aquello que cada uno sentía como cierto, pero a lo que ninguno lograba dar explicación.

Y pasó una noche, y un día y otra noche y otro día y otra noche. Y, según amanecía el tercer día, la rosa del desierto vio, a lo lejos, una figura humana que se acercaba.

—¡Hey! Mirad —dijo la rosa del desierto a los granos de arena, que seguían meditando.

Ninguno se inmutó.

Entonces, la rosa pensó: “Total, qué más me da compartir con ellos, si no son lo mismo”.

A medida que la figura se acercaba, iba tomando forma para la rosa del desierto.

Lo primero que advirtió fue que se trataba de un pequeño humano, luego vio que tenía el pelo revuelto. Cuando ya estuvo muy cerca, la rosa del desierto se dio cuenta de que era un niño.

—Hola —dijo el niño, sentándose, con las piernas cruzadas, frente a ella.

La rosa del desierto no dijo nada.

—¡He dicho hola! ¿Por qué no me contestas?

—¡Cómo si pudieras escucharme…!

—Pues claro que puedo escucharte.

—¡¿Cómo?! —exclamó la rosa, entre asombrada y encantada.

—¡He dicho que claro que puedo escucharte!

—¿Por qué puedes escucharme?

—Porque te oigo.

—¿De verdad?

—Ya te lo he dicho. Me parece que estás un poco sorda.

—Perdona. Es que... es que... —titubeó la rosa del desierto.

—¿Es que qué?

—Es que pareces una persona.

—¿Y qué? —preguntó, asombrado, el niño.

—Que las personas no me oyen.

—Pues yo soy una persona y sí te oigo.

—¡Vaya, vaya!

—Vaya, vaya —repitió el niño.

—¿Y tú por qué me oyes? —preguntó la rosa del desierto.

—Pues porque tú me hablas. ¡Qué pregunta más tonta!

—No. Quiero decir, ¿por qué si los demás no me oyen, tú sí?

—A mí me parece que ésa pregunta está equivocada —dijo el niño.

—¿Una pregunta equivocada?

—Sí.

—Qué tontería —dijo, con cierto desprecio, la rosa del desierto.

—¿Por qué te parece una tontería? —preguntó el niño.

—Las preguntas no pueden estar equivocadas, sólo las respuestas.

—Las preguntas y las respuestas, las dos pueden estar equivocadas. Y tú también lo estás.

—A ver —dijo la rosa del desierto—, ¿por qué mi pregunta está equivocada?

—Que yo te oiga es lo lógico. ¿No te parece que lo que deberías hacer es preguntarles a ellos por qué no te oyen?

—Pues no.

—¿No qué?

—Que no me lo parece.

—¿Por qué no?

—¿Pero es que no te das cuenta? ¡Porque no oirían mi pregunta!

—Pues entonces se me ocurre una idea —dijo el niño.

—¿Cuál? —preguntó, entusiasmada la rosa.

—No les preguntes nada.

—¡Pues vaya! ¿Y entonces cómo me entero?

—Pregúntatelo a ti misma.

—¡Pregúntatelo tú!

—¡Vale! —Y el niño cerró los ojos para hacerse la pregunta. Al cabo de un rato, los abrió de nuevo—. ¡Ya lo tengo!

—¿Ya lo sabes?

—Creo que sí.

—¡Cuéntamelo, cuéntamelo! —le rogó la rosa del desierto.

—Ellos creen que tú no hablas.

—¡Pero eso es mentira! —dijo, la rosa del desierto, algo enfurruñada.

—Claro que es mentira. Pero como ellos creen que es verdad, no te oyen.

—Pues no lo entiendo... Porque yo les grito un montón.

—¡Pero eso es igual! Tú no sabes cómo son las personas…

—Tú eres una persona.

—Ya. Pero no soy como ellos.

—¿Por qué no? ¿Porque eres más bajito?

—¡No soy bajito! —dijo el niño, poniéndose inmediatamente de pie—. Sólo soy pequeño —y, mirando a la rosa del desierto con atención, añadió—, como tú.

—¡Es lo mismo!

—Claro que no es lo mismo.

—¿Ah, no? ¿Y qué diferencia hay?

—Pues yo soy pequeño porque he nacido hace menos que los mayores, y aún estoy creciendo.

—¿Y llegarás a ser grande como ellos?

—Claro que sí. ¡Y a lo mejor aún más grande!

La rosa, de repente, fue sacudida por una oleada de tristeza.

—Yo soy pequeña. Por eso no tengo amigas.

—Pero tú eres más grande que todos los granos de arena que hay por aquí.

—Ya... Pero no es lo mismo.

—¿Por qué no?

—¡No lo sé! — y, al cabo de un rato, preguntó— ¿Tú lo sabes?

—¿El qué?

—Por qué no es lo mismo

—Sí lo sé.

—¿Me lo dices?

—Bueno, si quieres, te pondré un ejemplo. Es como los mayores que no te oyen.

—Pues no lo entiendo.

—¡Sí! Es muy fácil. Ellos no te oyen porque creen que no puedes hablar.

—¿Y qué?

—Pues que no es lo mismo porque tú crees que no es lo mismo.

—¿Y tú crees que es lo mismo?

—Sí.

—¿El qué?

—Todo.

—¿Todo?

—Sí. Todo —afirmó el niño.

—¿Todo es lo mismo?

—Sí. Aunque hay diferencias.

—Pues no te entiendo.

—Las diferencias existen cuando alguien cree que no es lo mismo. Por eso para ti hay diferencia entre tú y los granos de arena.

Entonces, uno de los granos de arena, que no había parado de pensar en los tres últimos días y sus noches, voló suavemente hasta la rosa del desierto y se quedó adherido a una esquinita de uno de sus pétalos.

—¡Uy! Otro más —, dijo la rosa del desierto.

—¿Sabes quién es? —preguntó el niño.

—Sí. Es un vulgar grano de arena.

—¿Le conoces?

—Hemos hablado...

—¿De qué?

—Él decía que era lo mismo que yo, el muy tonto. Yo le decía que no, pero no lo comprendía.

—¿El qué? —preguntó el niño.

—Que no somos lo mismo.

—¿Sabes qué? —dijo el niño— Tú, además de ser muy ilógica, estás más ciega que sordas las personas.

—¿Cómo te atreves a decirme eso?

—¿Qué te crees que eres tú?

—Una rosa del desierto.

—¿Y qué crees que es una rosa del desierto?

—No pienses que no lo sé…

—¡Pues dímelo!

Entonces, la rosa, según fue a hablar, se dio cuenta de que no tenía nada que decir.

—Has sido muy altiva con los granos de arena, pequeña rosa del desierto —dijo el niño—. Y no te has dado cuenta de que si existes es porque ellos te entregan su vida.

La rosa buscó el grano de arena que se había adherido a ella y no logró distinguirlo. Había perdido su identidad.

—Lo siento —dijo, mirando al niño.

—No te preocupes. El te ha enseñado quién eres. Ya sabes que lo que eres tú ahora es gracias a él.

—Sin él no sería lo mismo.

Entonces, otro grano de arena pensativo salió volando, de nuevo, hasta la flor del desierto, y se quedó inmóvil en una diminuta hendidura de uno de sus pétalos. La rosa del desierto y el niño lo miraron.

—¿Te das cuenta de lo que hacen? —preguntó el niño.

—No estoy segura...

—Están perdiendo su identidad para que tú seas cada vez más grande.

La rosa, entusiasmada, miró entonces a los granos de arena, que seguían pensando, y les llamó:

—¡Chicos, chicos, despertad! ¡Ya tengo la respuesta!

Todos miraron a la rosa del desierto con expectación.

—Somos… ¡Somos lo mismo! —gritó, entusiasmada.

—¿Por qué? —preguntaron desconcertados todos los granos de arena a la vez, mientras uno de ellos se fusionaba, imperceptiblemente, en una hendidura lateral de la rosa del desierto.

 

Graciela Bárbulo
www.gracielabarbulo.com

 

jueves, 6 de diciembre de 2012

Nunca dejaremos de Ser Quienes Somos.

(cuento)


Un grupo de Seres de Luz se encontraba reunido en el infinito. De repente, uno de ellos dijo:
-          Me gustaría experimentar la Realidad desde otros niveles, para poder conocerla mejor.
-          Para eso tendríamos que salirnos de ella, y eso no es posible ¾apuntó otro de ellos.
-          No es posible, pero sí podemos crear una apariencia limitada de esta realidad ¾respondió el primero¾. ¿Os gustaría formar parte de esta experiencia?
-          ¿En qué consistiría? ¾preguntó otro Ser.
-          Ahora sabemos que somos todo lo que queramos, que todo lo que imaginemos se convierte en hecho, pero ¿qué se sentiría si eso no fuera posible? ¿Cómo sería si, de repente, no fuéramos dueños de nuestro entorno, de nuestro estado de ánimo, de nuestras circunstancias…? ¿Os imagináis lo que se sentiría si en lugar de existir todo a la vez y poder instantáneamente representar el lugar que imaginamos, si en lugar de estar en un entorno afín, con seres amorosos, disfrutando de ser, sabiéndonos todopoderosos, estuviéramos en lugares horribles, con personas que nos hicieran sufrir, temerosos, y creyendo que somos víctimas de las circunstancias?
Entonces, todos, como Uno, comenzaron a participar de la conversación.
-          Eso debe ser muy complicado. Eso es la oscuridad y la inconsciencia del propio poder.
-          Exactamente. La idea es inventar una historia en la que fuéramos personajes que tuvieran que luchar para llegar a las metas deseadas. En lugar de representarse inmediatamente lo que imaginamos, tendríamos que vivir un tiempo en el deseo, pasando por circunstancias imprevistas, y sin la seguridad de saber si lo conseguiríamos.
-          Para ello sería necesario bajar la vibración, de forma que creáramos el concepto “tiempo”.
-          ¿Qué se conseguiría con eso? Nosotros somos todopoderosos, y estamos siempre abastecidos de todo lo que necesitamos de manera inmediata.
-          No dejaríamos de serlo, eso es imposible. Simplemente, destinaríamos una parte de nosotros a existir en ese nivel de percepción.
-          Con esta experiencia podríamos jugar a que somos limitados, y experimentar a través de diferentes formas y aspectos ahora desconocidas, con el fin de crear la realidad que deseáramos tener.
-          ¡Ah, sí! Nos podemos inventar límites, y el juego consistiría en derribarlos.
-          O hacer laberintos por los que buscar las metas...
-          Claro, aunque para encontrar el camino habría que descubrir las técnicas adecuadas.
-          ¡Que cada uno se invente sus propios límites y laberintos! ¡Y que el juego se base en cómo vencerlos!
-          ¿En qué podrían consistir estas barreras?
-          Podemos, por ejemplo, crear un mundo en el que, para sobrevivir, necesitemos alimentarnos constantemente de pedazos de ese mundo.
-          También tendríamos que estar protegidos del exterior, con lo que todos necesitaríamos un refugio para ello.
-          Sería necesario que lucháramos para conseguir cada una de esas cosas, en lugar de tenerlo todo de forma natural.
-          Entonces, hay que crear el “esfuerzo” para conseguirlas.
-          En un mundo así, podría suceder que lo que alguien haya logrado con su propio trabajo, otro se lo quite…
-          ¡No! Eso iría más allá del juego. Si alguien hace eso no será válido. En ese caso tendría que compensarlo de algún modo.
-          Únicamente un ser que no fuera consciente de las normas de la realidad llevaría a cabo una acción así.
-          Ciertamente, podría suceder, porque estos seres habrán perdido la consciencia de la realidad.
-          ¿Cómo sería posible llegar hasta semejante nivel de densidad?
-           Podemos crear una cápsula en la que nos adentremos para realizar el juego. Una vez en ella, perderíamos la consciencia de que somos todopoderosos y eternos.
-          Es fantástico, así delimitamos nuestra identidad, y nuestros actos permanecen en ella.
-          ¡Sí! De esta forma, todo lo que haga cualquiera para beneficio propio perjudicando al resto, reproducirá en sí mismo el perjuicio causado, para tomar consciencia. No dejaría de pertenecerle su acción, ¿qué os parece?
-          ¡Fantástico! En este contexto avanzaría más deprisa el que realice un trabajo que colabore con el proceso del total.
-          Pero,  ¿no nos sentiríamos demasiado aislados en una cápsula del olvido?
-          Eso sí. Pero podemos encontrar un modo de reconocernos y juntarnos. Aunque no entendamos exactamente por qué, nos será de mucha ayuda formar parte del grupo en el que estamos representados.
-          ¿Cómo podremos saber que somos nosotros mismos si no somos capaces de reconocernos?
-          Podemos mantener intacta nuestra capacidad de Amar, de forma que ésta se active cuando nos encontremos.
-          ¿De qué forma podríamos representar el Amor en una cápsula de olvido?
-          Esta cápsula sería un cuerpo en el que tendríamos un lugar destinado a ello. ¡Lo llamaremos “corazón”!
-          ¿Y si fallamos? ¿Qué podría pasar si nos olvidamos del todo y no logramos tomar contacto con el corazón? En ese caso podría suceder que nos creyéramos solos y nos volviéramos locos, estropeando el juego. Tal vez se nos ocurra, si no contactamos con nuestra esencia, y no activamos el corazón, estropear el juego y arrebatar a los otros lo que han ido logrando… ¿Qué pasaría entonces?
-          Podríamos hacer que, si a alguno de nosotros nos pasa esto, se nos de la oportunidad de entrar en el juego de nuevo, más adelante en el tiempo, inventando otro personaje. Esto podría repetirse hasta que lográramos activar el corazón y recordar quienes somos.
Todos estuvieron de acuerdo. De inmediato, cada uno comenzó a pensar en el personaje que le apetecía representar, el entorno desde el que deseaba partir, el proceso personal para ir avanzando, etc. Y decidieron que se iban a encontrar, a través del juego, en determinados momentos, para intentar activar sus corazones y recobrar la consciencia de quiénes son.
-          Yo propongo que cada uno que Despierte ayude a los otros, de esta forma tenemos garantizado que nadie quedará atrapado.
-          Nadie quedaría atrapado permanentemente. En realidad, a la vez que estamos viviendo ese juego a través del tiempo, seguiremos existiendo en la Realidad. Esto nunca dejará de ser así porque nuestra esencia primera siempre permanecerá latente. Podemos, incluso, comentar cómo va el proceso y, tal vez, en alguna ocasión específica, ayudar al personaje.
-          Sí, tal vez eso sería bueno…
-          En fin, ¿comenzamos nuestra creación?
Todos estuvieron de acuerdo.
-          ¡Perfecto! ¿Qué nombre le ponemos al juego?
-          Le podemos llamar “Vida”.
-          ¿Y al laberinto, cómo lo llamamos?
-          ¿Qué os parece “Planeta Tierra”?
 
















Graciela Bárbulo